30 de diciembre de 2011

Por hacer un doblez en el pañuelo

'Por hacer un doblez en el pañuelo', 9 poemas sobre pintura en la revista digital FronteraD, gracias al buen hacer de Anxo Pastor.

Hacer acceder, click AQUÍ.



10 de diciembre de 2011

Letras Viajeras: fin

Tras 20 entrevistas en colaboración con Víctor Balcells (en La Vanguardia y, luego, en el Diario de Ibiza) sobre literatura y viajes, aquí, las dos últimas, del viernes 9 de diciembre: Ignacio Martínez de Pisón y David Vann.

Hacer click en las imágenes para leer mejor.

Diario de Ibiza, 9/12/2011


Diario de Ibiza, 9/12/2011

5 de diciembre de 2011

Más literatura y viajes: Juan Carlos Mestre

Siguiendo las entrevistas sobre literatura y viajes, ahora en el suplemento literario del Diario de Ibiza, La Miranda, dejo aquí esta al poeta Juan Carlos Mestre.

Hacer click en la imagen para leer.

Diario de Ibiza, 28/10/2011.

21 de septiembre de 2011

Entrevista a Robert Hass en La Vanguardia

En el ciclo Letras Viajeras, una serie de entrevistas sobre literatura y viajes que publicamos Víctor Balcells y yo durante agosto y septiembre de este 2011 en el periódico La Vanguardia, una de mis preferidas fue la del poeta norteamericano Robert Hass.

Aunque muy recortada (la entrevista original era maravillosa), la comparto.

**ACTUALIZADO: entrevista sin recortar, aquí.**

(Hacer click para agrandar)

'Letras Viajeras/2', en La Vanguardia, 15/08/2011

20 de septiembre de 2011

'Elegía eléctrica', de Adam Zagajewski

_
Para Robert Hass

Adiós, radio alemana de verde ojo
y caja enorme,
juntos formando casi
cuerpo y alma. (Tus lámparas brillaban
con una luz rosa, asalmonada, como el profundo
yo de Bergson).
                           A través del grueso tejido
del altavoz (mi oreja pegada a ti como
a la celosía de un confesionario), susurró una vez Mussolini,
gritó Hitler, Stalin explicó calmadamente,
bufó Bierut, Gomulka peroró sin descanso.
Pero nadie, radio, podrá acusarte de traición;
no, la obediencia fue tu único pecado: absoluta,
delicada fidelidad al megahercio;
cualquiera que llegara era bien bienvenido, cualquiera
al que enviaran era recibido.
                                               Por supuesto sé que solamente
las canciones de Schubert te aportaban el jade
de la alegría verdadera. Con los valses de Chopin
tu corazón eléctrico latía delicada
y firmemente y la tela sobre el altavoz palpitaba
como los pechos de las chicas enamoradas
en las viejas novelas.
                                   No con las noticias, sin embargo,
especialmente no con la Radio Free Europe o la BBC.
Entonces tu ojo se ponía nervioso,
la pupila verde crecía y se encogía
como si hubieran alterado su dosis de atropina.
Vivían en tu interior gaviotas enloquecidas, y Macbeth.
Por la noche, desperadas señales encontraban refugio
en tus estancias, los marineros pedían ayuda a gritos,
el joven cometa lloraba, perdiendo la cabeza.
Tu vejez la anunció una voz cascada,
luego sacudidas, toses, y finalmente la ceguera
(tu ojo se apagó), y un silencio absoluto.
Duerme en paz, radio alemana,
sueña con Schumann y no despiertes
con el cacareo del próximo gallo dictador.

(De la traducción inglesa de Lienzo, 1991)
(Traducción A. Catalán)



14 de septiembre de 2011

'Un manual de la rutina', de Howard Nemerov

_
A pela una manzana, mientras B se arrodilla ante Dios,
C telefonea a D, que apoya una mano
sobre la rodilla de E, F tose, G apila la tierra
de la tumba de H, I no sé muy bien por qué
pero J practica tiro al plato
mientras K practica con la porra en la cabeza de L,
y M toma mostaza, N entra con su coche en la ciudad,
O se va a la cama con P, y Q cae muerta,
R miente a S, pero sucede que la escucha
T, quien le dice a U que no despida a V
por tener que dar a W su palabra
de que X está engañando a Y con Z,
a quien justo ahora le da por recordar a A
pelando una manzana en algún lugar, muy lejos.

(New and Selected Poems,  1992. El original, aquí)
(Traducción A. Catalán)


 
Metropolitan Life Insurance Building - NYC (Robert Frank)

13 de septiembre de 2011

Miseria y esplendor, de Robert Hass

_
Convocados conscientemente por el recuerdo, ella
estará sonriendo, los dos estarán en la cocina hablando,
antes o después de la cena. Pero están en esta otra habitación,
la ventana está hecha de vidrios diminutos, y están en un sofá
abrazándose. Él la sujeta tan fuerte
como puede, ella se entierra en su cuerpo.
Es por la mañana o quizá por la tarde, la luz
fluye a través de la habitación. Fuera,
al día lo sucede lentamente la noche,
y después el día. El proceso se tambalea
y se acelera: semanas, meses, años. La luz en la habitación
permanece inalterable, así que es obvio lo que está sucediendo.
Intentan convertirse en una sola criatura,
pero algo no consiente. Son tiernos
el uno con el otro, temerosos
de que sus breves, agudos gritos les lleven a aceptar el momento
en que volverán a separarse. Así que se restriegan contra el otro,
secas sus bocas, después húmedas, después secas.
Se sienten en el centro de una poderosa
y desconcertada voluntad. Sienten
que son un único animal casi completo,
arrojado por las olas a la orilla de un mundo—
o acurrucado contra la puerta de un jardín—
del que no pueden admitir que jamás lograrán ser admitidos.


(Robert Hass, Human Wishes, 1989)
(Traducción A. Catalán)

foto: Henri Cartier-Bresson

10 de septiembre de 2011

Qué bellas perspectivas

_
Poseer una cosa es a su vez perderla.
Elegir un motivo; desafiar un cuarto;
fingir que hay un espacio; arruinar un paisaje.

Si estrechas la verdad entre líneas de fuga
las ventanas del fondo disfrazarán el prado
que se extiende sin nombre bajo la trayectoria

de una abstracción de pájaros. Será
la mansedumbre de la composición emblema
de aquello que pretendes y eso es todo:

nada se salva entonces aunque cierres el puño,
aunque plantes banderas y alrededor reclames
segundos territorios. Nada servirá entonces

-por mucho que repliques- para algo
que no sea esperar, mirar, decir adiós
y basta.


1 de septiembre de 2011

Frank O'Hara por Barcelona y el Arte

Escrito en Nueva York cuatro días después de visitar Barcelona en Abril de 1960 (trabajaba para el MOMA de N.Y. y estaba en España organizando una muestra de pintura española), Having a Coke with You es uno de los poemas que Frank O'Hara escribe durante su relación con Vincent Warren, un bailarín del que se enamoró perdidamente. 

O'Hara defendía que un poema de amor no debería diferir en intención o en efecto de una llamada de teléfono, y así es este poema: una alucinada conversación teléfonica sobre el arte y la vida.


TOMAR UNA COCACOLA CONTIGO

es incluso más divertido que pasarse por San Sebastián, Irún, Hendaya, Biarritz,
                                                                                                          [Bayona
o sentir nauseas en la Travesera de Gracia de Barcelona
en parte porque con tu camiseta naranja te asemejas a un mejor y más feliz
                                                                                                          [San Sebastián
en parte por mi amor por ti, en parte por tu amor por el yogur
en parte por los fluorescentes tulipanes naranjas alrededor de los abedules
en parte por el aire de complicidad de nuestras sonrisas frente a la gente
                                                                                                         [y las esculturas
es difícil de creer cuando estoy contigo que pueda haber algo tan inmóvil
tan solemne tan desagradablemente definitivo como unas esculturas cuando
                                                                                                       [justo enfrente
bajo la cálida luz de Nueva York de las 4 en punto nos dejamos llevar una y otra vez
del uno al otro como un árbol que respirara a través de sus anteojos

y en la muestra de retratos parece no haber ni un solo rostro, solo pintura
de repente te preguntas por qué diablos alguien los haría

                                                                                                    te miro
a ti y preferiría mirarte a ti que a todos los retratos del mundo
salvo posiblemente el Jinete polaco de vez en cuando y de cualquier manera
                                                                                                       [está en el Frick
que gracias al cielo aún no has visitado así que podremos ir juntos por primera vez
y el hecho de que te muevas tan bien más o menos hace que despaches el Futurismo
de la misma manera que en casa nunca pienso en el Desnudo descendiendo 
                                                                                                         [una escalera o
durante un ensayo en un único dibujo de Leonardo o Miguel Ángel que soliera
                                                                                                      [cautivarme
y de qué les valen todas las investigaciones sobre ellos a los Impresionistas
si nunca tuvieron a la persona idónea para posar junto al árbol con la puesta de sol
o es más Marino Marini al no escoger al jinete con tanto esmero
como al caballo

                             parece que a todos les fue estafada cierta experiencia maravillosa
que yo no voy a desperdiciar y es la razón de que te esté hablando de ella

(Traducción de A. Catalán)

[Dos poemas más de O'Hara aquí y aquí]


29 de agosto de 2011

Uno más de Philip Schultz

¿POR QUÉ

está sentado aquí este hombre llorando
en este restaurante de postín
en su sexagésimo primer cumpleaños, porque
su miedo se hace más fuerte cada año,
porque es aún el muchacho que corre
hacia primera base, que cree
que llegar hasta allí lo significa todo,
por las arañas que trepan
al sicómoro que está junto a su casa
esta mañana, la elegancia
de una civilización libre de engaño,
por las caras de chiquillo
de los cinco soldados muertos en la televisión,
la estoica curiosidad que hay en sus ojos,
su creencia en la dignidad
del sacrificio, porque la inocencia
es el lugar más oscuro del universo,
por los iraquíes sobre sus manos
y rodillas buscando un sangriento botón,
una mordida uña de la mano, pruebas
de su arrebatada trascendencia, por
la primitiva arquitectura
de sus sueños, el crudo egoísmo
de su ignorancia, porque cree
en la liberación, la pureza del dolor,
la santidad de la verdad, por
las insólitas caras humanas de su mujer
y los dos chicos sonriéndole al otro lado
de esta mesa fastuosa, por
la pasión que tienen por las conmemoraciones,
la certidumbre de que la bondad se continúa,
por las arañas aferrándose a
la elegancia de cada instante, porque
llegar hasta allí aún lo significa todo?

(Philip Schultz; el original, en el New Yorker, aquí)
(Traducción de A. Catalán)

Philip Schultz. Fotografía de Monica Banks

17 de agosto de 2011

Resistir, de Philip Levine

Verdes dedos
que sujetan la ladera,
la mostaza azotada
por los vientos marinos, una brillante
y encarnada amapola inspirando
y espirando. El aroma
de tierra española llega
hasta mí, amarilleada
con mi propia orina.
                                    A 40 millas de Málaga
a casi medio mundo
de casa, estoy en casa y estoy
en ningún sitio, un hombre que envidia
a la hierba.
                   Dos bueyes curiosean
uncidos juntos en el verde claro
más abajo. Rechinan sus cencerros. Cuando
caen la oscuridad y la humedad
con el anochecer juntan
sus grandes y lentos cuerpos camino
de los establos.
                          Si mi espíritu
descendiera ahora, sería
una gaviota extraviada destellando contra
una ascendente ladera, o un ángel
que llorara demasiado fácilmente, o un único
vaso de agua de mar, ya nunca azul
y misteriosa, pero salada todavía.

(Philip Levine, From Red Dust, 1971)
(Traducción de A. Catalán)

16 de agosto de 2011

Philip Levine, nuevo Poet Laureate

Aunque están a punto de aparecer en la revista Clarín un par de traducciones mías de Philip Levine (en el número Julio-Agosto), aprovecho que acaba de ser nombrado poeta laureado de los Estados Unidos (la noticia, aquí) para compartir una traducción más de este poeta, tan ligado a España y tan desconocido sin embargo por acá.



ACERCA DEL ENCUENTRO ENTRE GARCÍA LORCA Y HART CRANE

Brooklyn, 1929. Por supuesto Crane
ha estado bebiendo y no tiene ni idea
de quien es este curioso andaluz, incapaz
incluso de comunicarse en el idioma de la poesía.
El joven que los ha juntado
sabe tanto español como inglés,
pero le duele la cabeza de saltar
una y otra vez de un idioma
a otro. Para descansar un momento
se acerca a la ventana a mirar
el East River, que va oscureciéndose
allí abajo según va llegando la noche.
Algo destella enfrente de sus ojos,
una visión doble de tal horror
que tiene que taparse la boca
con las manos para no gritar.
No seamos frívolos, no
pretendamos que los dos poetas intercambiaron
sabiduría o amor o que pasaron
un buen rato, no
inventemos un diálogo de tal elocuencia
que no olvidarían ni las hormigas 

de nuestra propia casa. Los dos
mayores genios poéticos vivos
se encontraron, ¿y qué pasó? Una visión
le llega a un hombre corriente que observa
un asqueroso río. ¿Has tenido alguna
vez una visión? ¿Has sacudido la cabeza
hasta hacerla pedazos para alejarte
bruscamente de la imagen de tu hijo pequeño
cayendo a través del espacio, no
desde la popa de un barco procedente
de Vera Cruz a New York sino desde
el tejado del edificio en que trabaja?
¿Te has levantado de la cama para caminar
incesante hasta el alba para rogar a un Dios inmisericorde
que se llevara estas imágenes? Ah, sí,
bendita sea la imaginación. Nos proporciona
los mitos mediante los que vivimos. Bendito
sea el visionario poder del ser humano
— el único animal que lo tiene —,
bendita la imagen precisa de tu padre
muerto y del mío, muerto, benditas las imágenes
que acechan en los rincones de nuestra vista
y que no desaparecerán. El joven
era mi primo, Arthur Lieberman,
después estudiante de lenguas en Columbia,
que me contó todo esto antes de que muriera
tranquilamente mientras dormía en 1983
en un hotel en Perugia. Un buen hombre,
Arthur, que sobrevivió a la escuela superior,
después volvió a casa a Detroit y vendió
pianos a lo largo de toda la Depresión.
Le prestó a mi hermano uno usado
para que compusiera sus espantosas canciones,
que Arthur pensaba eran obras maestras.
¡Qué imaginación la de Arthur!

(Philip Levine, The Simple Truth,  1994)

(Traducción de A. Catalán)

Arthur Leipzig: Divers, East River, 1948

25 de julio de 2011

El dios de la soledad, de Philip Schultz

_
Es una fría mañana de un domingo de Enero
y soy uno de los ocho hombres que esperan
a que se abran las puertas del Toy R Us
en un centro comercial de la punta este de Long Island.
Hemos venido a por ese juego electrónico japonés
tan difícil de encontrar. La semana pasada esperé
tres horas a que una tienda en Manhattan
me defraudara. Hoy, el primero de todos, envuelto
en seis capas, permanecí temblando bajo la luz del amanecer
leyendo la nueva traducción de la Eneida, que he escondido
cuando han llegado los demás, pisoteando con sus botas
y restregándose las manos sin guantes, bromeando
sobre sacrificar sueño por los hijos desagradecidos. "Mi hijo
se rompió dos dientes jugando al hockey", dice riendo un hombre
en bermudas. "Esta es su recompensa". Mis hijos
se arrojarán a mis brazos, recordarán esta mañana
toda su vida. "El juego es para mi hijo mayor,
acaba de regresar de Irak", dice un hombre con peto
al final de la cola. "Juega a estos juegos
todo el día en su cuarto. No estoy preocupado, espabilará,
se ha ganado un descanso". Estos hombres arreglan fugas, tienden
cimientos para los sueños de otros hombres, sin quejarse.
Han estado esperando bajo el frío desde que Eneas
fundó Roma en ríos de sangre. Virgilio entendía que
la muerte empieza pero no acaba nunca, ese es el dios de la soledad.
A través de la ventana, un dependiente grita "Solo tenemos cinco".
Los otros parecen no saber que hacer con sus manos,
meterlas bajo los brazos, o dejarlas colgar,
desnudas e inútiles. ¿Es porque nuestras manos recuerdan
lo que abrazaron, las promesas que hicieron? Sé exactamente
cuando mis hijos van a ser suficientemente mayores para la guerra.
Pronto tres de nosotros esperarán al otro lado de la calle,
                                                              [en los almacenes Target,
porque eso es lo que hacen los hombres por sus hijos.

(Philip Schultz, The God of Loneliness: Selected and New Poems, 2010)
(Traducción de A. Catalán)


19 de julio de 2011

Los cazadores de Brueghel: tres versiones

PAISAJE INVERNAL

Los tres hombres que descienden por la colina invernal
en ropajes marrones, con largas pértigas y una jauría
pegada a los talones, a través de la disposición de los árboles,
pasadas las cinco figuras junto a la hojarasca quemándose,
regresando fríos y callados a su ciudad,

regresando a la nieve amontonada, la pista de hielo
alegre y llena de niños, a los mayores,
los anhelados compañeros que nunca pueden alcanzar,
la luz azul, hombres con escaleras, cerca de la iglesia
el trineo y la sombra en la calle crepuscular,

no saben que en el arenoso tiempo
que ha de venir, ocurrido ya el grosero menoscabo
de la historia, serán vistos sobre la cima
de esa misma colina: cuando toda su compañía
se haya perdido sin remedio,

estos hombres, en particular estos tres vestidos de marrón
a los que los pájaros observan, conservarán la escena y nos dirán
a partir de su configuración con los árboles,
el pequeño puente, las casas rojas y el fuego,
qué lugar, qué tiempo, qué ocasión matutina

los envió al bosque, una jauría
pegada a los talones y las largas pértigas sobre los hombros,
para de allí volver tal como ahora los vemos y
con nieve hasta las rodillas descender la colina
invernal, mientras tres pájaros los observan y un cuarto alza el vuelo.

(John Berryman, Los desposeídos, 1948)
(Traducción de A. Catalán)


LOS CAZADORES EN LA NIEVE

En conjunto el cuadro es el invierno
gélidas montañas
al fondo el regreso

de la cacería es hacia el atardecer
desde la izquierda
los robustos cazadores guían

su jauría el letrero de la posada
colgando de un
gozne roto es un venado un crucifijo

entre sus astas el frío
patio de la posada está
desierto salvo por la fogata enorme

que flamea al viento atendida por
mujeres que se agrupan
en torno a la derecha más allá

de la colina hay un motivo de patinadores
Brueghel el pintor
preocupado por todo esto ha escogido

un arbusto azotado por el viento como
primer plano para
completar su cuadro

(William Carlos Williams, Cuadros de Brueghel, 1962)
(Traducción de A. Catalán)


REGRESO DE LOS CAZADORES
(Brueghel el Viejo)

Podemos esperar a que desciendan
la colina los pobres cazadores
y su hambrienta jauría que no tiene
ni para un mal bocado con la única
liebre cobrada para tanto blanco.

Y acercarnos al fuego que alimentan
los mesoneros bajo el colgadizo.

Y, mientras esperamos, deslizar
la mirada por todos los canales
helados, por el cielo
verde, por las montañas que rechazan
la nieve de lo abruptas;
ver los patinadores del domingo
—¡qué caída se ha dado aquél!—, el puente
por donde pasa la mujer del loco
cargada con un haz de leña. Cuatro
campanarios se ven, una carreta
por el camino principal, un hombre
allá a lo lejos solo, la escalera
del deshollinador y los tejados
blancos y...¡mira el humo cómo sale!

Podemos esperar —ya están llegando
al puente de ladrillo— a que se pierdan
de vista tras la casa del herrero.
Y saltar por encima de la zarza
y coger la pendiente —¡hasta se puede
bajar rodando! — hasta el canal más próximo.

Sí, porque, aunque tengo frío y cien florines
en la bolsa, me da muy mala espina
el que esté desprendido el rótulo de un lado
y la ventana abierta.

No, porque —y como señal de que no debo
moverme de mi sitio— cada poco
cruzan por turno el aire las urracas
descuideras, tachando la posible
apacibilidad con una línea
de tinta negra (el blanco de su vientre
sin querer se confunde con la nieve).

(Aníbal Núñez, Figura en un paisaje, 1974)

16 de julio de 2011

Cuando la revolución llegó, de Stephen Dunn

_
Cuando la revolución llegó estábamos holgazaneando en casa.
Ellos, bailando de repente en Praga
y nosotros poniendo la mesa, los tenedores a la izquierda,
los cuchillos a la derecha. Todas nuestras categorías eran viejas.
Deberíamos haber estado haciendo el amor cuando el Muro
cayó. Deberíamos haber estado haciendo juegos de palabras.
Cuando la revolución llegó fue el ensanchamiento de una grieta,
el levantamiento del gris. Los tiranos simplemente dimitieron.
Algunos se disculparon. La Historia se revolvió en su enorme tumba.
Cuando la revolución llegó llevábamos puestas
las botas de trabajo del minero, el hirsuto chaleco
del estibador, conscientes siempre del estilo.
Cuando la revolución llegó estábamos haciendo recuento
de nuestras privaciones como solo pueden hacerlo
                                            [los de estomago lleno.
Walesa alzó sus brazos en triunfo. Nuestras gargantas
se tensaron. Los berlineses del este se pasearon por la tierra
del comercio; nuestras gargantas se tensaron de nuevo.
¿Pensábamos en nosotros cuando la revolución
llegó? ¿Nos sentimos acaso un tanto petulantes?
Era un diciembre frío cuando el siglo cambió,
más frío aún para algunos. No era aún Navidad,
no era aún Rumanía, ese áspero regalo, empapado de sangre,
todo su pasado expuesto a la luz. Todos los años nos prometíamos
desear menos cosas, y siempre fracasábamos.
Cuando la revolución llegó observamos la insistencia
de las masas, casi con tanta libertad como para llegar a ser nosotros.

(Stephen Dunn, Landscape at the End of the Century, 1991)
(Traducción de A. Catalán)

Praga, 1989

7 de julio de 2011

Cómo acabar una guerra, por Robert Hass

_
EL CORDERO PASCUAL

Mira, había dicho David — estaba nevando fuera y su voz contenía varios registros de enfado, disgusto, y justicia herida, creo que es una locura. No voy a ser el cordero sacrificial.

En Grecia a veces, me contó una amiga, al caminar por el sendero en lo alto sobre el mar de vuelta a su casa desde el pueblo, en la oscuridad, el cielo inmenso, la luna terriblemente brillante, se preguntaba si su vida sería un regalo merecido.

Y está esa pobre novilla del poema de Keats, toda engalanada con lazos y flores, nada de terror en sus ojos, nada de incontrolada babilla de moco en el hocico, puesto que no comprende los festejos.

Y años después, David, tras dejar la vida académica, se compró un rancho en Kentucky cerca de una ciudad llamada Pleasureville, y empezó a criar ovejas.

Cuando le hicimos una visita ese verano y las noches eran una estridencia de grillos y el calor no aflojaba, intercambiábamos historias tras la cena y nos contó de nuevo la historia de su primer trabajo de profesor y el vicepresidente.

Cuando compró la casa, siguió suscrito a The Guardian y al Workers' Vanguard, pero se fueron apilando sin leer en una esquina. Tenía una hipoteca que pagar. No tenía ni idea de cómo criar animales para la matanza, así que leía El Ganadero Americano con una intensidad de concentración a la que jamás se había acercado cuando leía teoría política para las pruebas orales de su doctorado.

El vicepresidente de los Estados Unidos, después de su mandato, aceptó un puesto como profesor de ciencias políticas en un pequeño instituto universitario de su propio distrito, el mismo en el que David acababa de aceptar su primer trabajo. El decano trajo a Hubert Humphrey para presentárselo al profesorado. Cuando llegaron al despacho de David, el vicepresidente, muy bien vestido, inmensamente campechano, extendió su mano y David sintió que no debía dársela puesto que creía que el tipo era un criminal de guerra; y no sabiendo como evitar lo incomodo del asunto, así se lo dijo, lo cual fue el inicio de la pérdida de su trabajo en ese instituto.

Pero eso fue cosa del decano. El vicepresidente empezó a llorar. Tenía la mirada dolida, dijo David, de un perro que hubiera sido abandonado tras un largo e inmaculado historial de lealtad y cariño, este hombre que había defendido públicamente, que había elogiado los bombardeos de terror sobre aldeas llenas de campesinos. Le pareció a David alguien inimaginablemente vacío de vida interior si podía ser lastimado en lugar de ofendido por el rígido gesto moral de un imberbe joven en frente de dos hombres de la edad de su padre. David dijo que nunca había mirado a otro ser humano con semejante asombro e indiferencia glacial, y que no le había gustado la sensación.

Y así en la cocina de techos altos, en el aire plagado de grillos y empapado con el olor de los tréboles, recordamos a Vic Doyno en la nieve en Buffalo, en los días en que la guerra continuaba sin interrupción como una pesadilla en nuestras horas de vigilia y de descanso.

Vic había llegado al trabajo rojo de excitación por la idea que había tenido en medio de la noche. Había resuelto como detener la guerra. Era un plan sencillo. Todos los del país — en el mundo, seguramente muchos estudiantes ingleses y suecos participarían — que estuvieran en contra de la guerra se cortarían el meñique de la mano izquierda y lo mandarían al presidente. ¡Imaginaos! Empezarían a llegar despacio, el acto de uno o dos fanáticos, pero la noticia llegaría a la prensa y el día siguiente habría unos pocos más. Y al día siguiente a ese, más. Y al cuarto día habría miles. Y al quinto día, se montarían clínicas — organizadas por estudiantes de medicina en Madison, San Francisco, Estocolmo, París — para atender el procedimiento quirúrgico  de forma segura y a escala masiva. Y al sexto día, la guerra terminaría. Terminaría. Los helicópteros en Bienhoa se quedarían en los aeródromos en silencio como escuadras de disciplinados mosquitos. Los campesinos, preocupados y curiosos porque los campesinos siempre están preocupados y sienten curiosidad, observarían con curiosidad el desconocido cielo tranquilo y azul con cirros a la deriva. Y años después nos reconoceríamos unos a otros por esos dedos perdidos. Un avejentado hombre de negocios japonés sin el meñique en su mano izquierda repararía en la mano igualmente mutilada de su taxista en Chicago, e intercambiarían un fugaz y amistoso asentimiento de cabeza en silencio.

Y podría suceder. Todo lo que teníamos que hacer para que sucediera — había dicho Vic, mientras el agua para el té silbaba en la placa caliente del despacho helado de David y la nieve caía espesa como bateas de algodón, era cortarnos nuestros meñiques justo en ese momento, bajarlos a la secretaria del departamento, y hacérselos meter en el correo.


(Robert Hass, Human Wishes, New York, HarperCollins, 1989)
(Traducción de A. Catalán)


4 de julio de 2011

«Yo, a quien Apolo visitó alguna vez», de R. L. Stevenson

Yo, a quien Apolo visitó alguna vez,
o fingió visitar, ahora, finalizada mi jornada,
dormiré profundamente; ni conoceré
el cansancio de los cambios ni percibiré
las incontables arenas de los siglos
bebiendo la tinta pálida, o el ruido
de las generaciones sofocando la música.

( R. L. Stevenson, New poems, 1918)



(Traducción de A. Catalán)

30 de junio de 2011

Un poema de la Segunda Guerra Mundial

Anthony Hecht (1923-2004), neoyorkino, sirvió en la división 97 de infantería y luchó en Alemania, Francia y Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial. Después, participaría en la ocupación de Japón. Recibió el premio Pulitzer en 1967 por The Hard Hours.


NATURALEZA MUERTA

Un vapor sonámbulo, como un visitante fantasmal,
            flota suspendido sobre un lago
de tennynsoniana calma justo antes del amanecer.
Árboles invertidos y pedruscos tiemblan y se escurren
en la bruñida oscuridad. Plateados destellos apuntan
entre el líquido follaje, y un poco después desaparecen.

Todo está empapado y brillante de humedad.
            Una telaraña, tejida con tirantez
en el bastidor de las puntas dobladas de la hierba,
se comba como un trampolín o la red de un bombero
con todo el oropel y las riquezas que ha atrapado,
cada gota un pisapapeles de cristal de Steuben.

Ningún canto de pájaro aún, ni un grillo, ni una trucha
            explota en los remolinos
en busca de una rasante mosca. Todo está por llegar.
Las cosas están tan detenidas y calmadas a lo largo
de todo el universo como antiguos cuencos chinos,
y la naturaleza permanece espléndidamente muda.

¿Por qué me agita tanto todo esto, como un código
            o un sordo presentimiento
de propósitos y sucesos ya preestablecidos?
Me conoce, y yo reconozco esta forma
de vacilación cautelosa, lista para saltar,
este silencio tan comprimido y tan intenso.

Como en una superficie de agua contemplo
            el primer y suave decreto
de la luz, su pálidas, inaudibles órdenes.
Permanezco junto a un pino en el frío,
justo antes del amanecer, en algún lugar de Alemania,
con un helado, húmedo fusil Garand en mis manos.

(Anthony Hecht, Collected Earlier Poems, New York, Alfred A. Knopf, 1990)

(Traducción de A. Catalán)


29 de junio de 2011

Fabio Morábito, o por qué no tengo coche

 
ARS POÉTICA

Yo nunca tuve anhelos
de motorización,
es más, nunca pedí a mis padres
un vehículo,
hasta la bicicleta me aburría,
me limité a mis pies,
a mi sentido del cansancio.
Nunca he viajado rápido,
pero he viajado,
mis huesos cambian de dolor
cada cien metros
y nadie sabe como yo qué es un kilómetro.

(Fabio Morábito, De lunes todo el año, 1992)

Fabio Morabito, ©Jerry Bauer

23 de junio de 2011

Lo que hay delante de nosotros es solo la palabra de alguien más

                        Escribir no es vivir: sedente, absorto
                        se ve al escriba. Nunca
                         se camina con plumas,
                                          ¿Más se vuela?

ANÍBAL NÚÑEZ

Las cartas establecen un vínculo confuso
desde esa escribanía. Excesivos papeles
de ambición y de tedio—pagar a unos soldados,
renunciar a una herencia,
agraviar a una dama, desagraviarla luego—,
mientras la pluma, esbelta, pero pobre en la mano
se empeña en contrariarle—la vida no, la escena;
el decorado, el fondo
pintado de una tarde, la tinta como apoyo
y no la certidumbre de balanza o esmero:
el secretario, entonces—bien conoce su oficio:
Malpica, Sessa, Lemos—, será su personaje
y así quizás Teodoro le salve si es que llega
a comprender Diana el pájaro, las plumas.


16 de junio de 2011

Diez y diez

Toda la propiedad es geometría
o a ella tiende.

ANÍBAL NÚÑEZ

El tiempo detenido es solo orden
y el orden
es a su vez tan solo geometría
de una espera. Siempre la misma hora,
las diez y diez exactas,
en todos los relojes, en toda posesión
que no nos corresponde: despreocupada
casualidad muy bien dispuesta,
diferida intención de ofrecer al cliente
la ficticia, detenida, simulada existencia
como el único instante en que las cosas gozan
de plenitud, de orden, de armonía.

-

¿Por qué las diez y diez?
http://es.wikipedia.org/wiki/Las_diez_y_diez

8 de junio de 2011

Lydia Davis: leer, escribir, viajar

Ciertos proyectos me obligan a investigar sobre literatura y viajes. Por una de esas casualidades de literatura, adquiero el maravilloso volumen de cuentos de Lydia Davis que ha publicado Seix Barral y lo abro por este cuento. ¡Alehop!


REITERAR

Michel Butor dice que viajar es escribir, porque viajar es leer. Es una frase que podemos desarrollar: escribir es viajar, escribir es leer, leer es escribir, y leer es viajar. Pero George Steiner dice que traducir es también leer, y que traducir es escribir, como escribir es traducir y leer es traducir. Así que podemos decir: traducir es viajar y viajar es traducir. Traducir literatura de viajes, por ejemplo, es leer literatura de viajes, escribir literatura de viajes, leer un texto, escribir un texto y viajar. Pero si lees cuando traduces, y traduces cuando escribes, escribes cuando viajas, lees cuando viajas y viajas cuando traduces; esto es, si leer es traducir, y traducir es escribir, escribir viajar, leer viajar, escribir leer, leer escribir, y viajar traducir, entonces escribir es también escribir, y leer es también leer, y más aún, puesto que cuando lees lees, pero también viajas y cuando viajas lees, en definitiva lees y lees. Y cuando lees también escribes, así que lees; y al leer también traduces, así que lees; así que lees, lees, lees y lees. El mismo razonamiento podría hacerse para traducir, viajar y escribir.

Lydia Davis, de Sin apenas memoria, incluido en Cuentos Completos, Seix Barral, 2011. Traducción de Justo Navarro.



1 de junio de 2011

Pepinos y poemas

Ahora que los pepinos están de moda, este poema del gran Robert Hass, de su libro Time and Materials, premio Pulitzer del 2008 y editado en España por Bartleby.

Mantengo en parte la traducción de Jaime Priede.


POEMA CON UN PEPINO DENTRO

A veces, desde esta ladera, después de la puesta de sol,
el borde del cielo toma un matiz
del verde más pálido posible, como la carne del pepino
cuando lo pelas con cuidado.

*

En Creta una vez, en verano,
haciendo aún calor a medianoche,
nos sentamos en una taberna junto al agua,
viendo las barcas meciéndose a la luz de la luna,
bebiendo vino de resina y comiendo ensaladas
de yogur, eneldo y frescas rodajas de pepino.

*

Un toque de sal, algo parecido al almidón, algo
como una esencia de hierbas u hojas verdes
en la lengua es la lengua
y el pepino
desenvolviéndose el uno hacia el otro.

*

Puesto que embarazoso es una palabra,
embarazar* debe de haber sido una palabra,
en desuso ahora, e incluso entonces,
a una persona en situación embarazosa
debe haberle parecido algo metódico y bien pensado
ponerse ante un fregadero a cortar un pepino.

*

Si crees que voy a hacer
un juego de palabras sexual en este poema, estás equivocado.

*

Durante la antigua tortura de la tierra
cuando el fuego se fue enfriando y se acomodó
en granito y caliza y serpentinita y pizarra,
es posible imaginar que, bajo amarillentas nubes químicas,
la espuma fundida, después de haber ardido mucho tiempo,
estaba ya soñando en liberarse,
y que el sueño, nebuloso
pero con creciente nitidez, tomó la forma
del agua, y que fue entonces, de forma aún más nebulosa, que imaginó
la piel verde oscuro y la carne verde ópalo de los pepinos.

* Juego de palabras entre cumbersone, cumber (embarazoso, embarazar) y cucumber (pepino).


21 de mayo de 2011

Un poema de Robert Pinsky

Robert Pinsky (New Jersey, 1940), poeta laureado desde el año 1997 hasta el 2000 (el único que hasta la fecha lo ha sido durante tres años), poeta, crítico y ensayista, es posiblemente conocido en España únicamente por haber salido en un episodio de los Simpsons (leyendo esto) (Temporada 13, episodio 289).

Sobre él, más, aquí.

Dejo aquí un poema, aparecido en la revista Poetry en Julio de 1980.



MURIENDO

Nada que decir sobre ello, y todo—
el cambio de los cambios, más cerca o más lejos:
el Golden Retriever de al lado, Gussie, ha muerto,

como Sandy, el Cocker Spaniel tres puertas más abajo
que murió cuando yo era pequeño; y cada día
cosas que estuvieron en mi memoria se apagan y mueren.

Las frases se extinguen: primero, todo el mundo olvida
que es un roblón; después tras ciertas décadas
en una metáfora obsoleta, "muerto como un roblón" parpadea

y se disipa. Pero alguien que conozco está muriéndose—
y aunque uno podría decir embaucadoramente, "como todos",
el ritmo diferente es lo que hace que la diferencia sea absoluta.

Las pequeñas y visibles esporas en el aire que respiramos,
que se posan inofensivas en nuestros vasos de agua
y en nuestra piel, por casualidad se juntan

bajo ciertas condiciones sobre el suelo del bosque,
o incluso en cierto rincón en sombra del césped—
y durante la noche los carnosos, pálidos tallos se congregan,

el incoloro crecimiento sin una flor ni hoja;
y alrededor de los tallos, la hierba sigue creciendo
con presión firme, como los pelillos insistentes

que crecen en la cara entre afeitados, las uñas
creciendo y muriendo en los pies y los dedos
con su propio y modesto ritmo, inconscientes

como las sosas polillas, que viven una noche o dos—
aunque como una polilla un alma brillante continúa latiendo,
aburrida e impaciente en la boca del monstruo.
_

18 de mayo de 2011

Dos poemas de Irene Albert

 _
FUNCIÓN

Hay que ser idiota para pedir calma de esa manera.
Hay que ser idiota para exigir pegando voces que el público se tranquilice. Ni se da cuenta de que los de las últimas filas comienzan a salir y la cosa a írsele de las manos.
Los de la primera fila fingen sorpresa. No la sienten realmente, pero tanto grito y tanta mueca les hace pensar en que no pueden permanecer indiferentes.
La pulcritud ha sido asombrosa y ni yo puedo quejarme. Sin duda hice bien en aumentar el número de ensayos... no lo estábamos dando todo.
Ahora lo tengo claro.
Luego le explicaré que es contraproducente gritar pidiendo calma. Y quizá cuando él mismo se tranquilice me cuente cómo lo ha hecho para separarme el tronco de las piernas sin conjuro, sin sierra falsa y sin doble fondo.
Que ya tengo curiosidad.


POSMODERNIDAD

A Teresa Sánchez, por sus clases

Por favor,
si vais a divertiros hasta morir,
daos prisa.


(Irene Albert, Zombie Love, Littera Libros, 2010)

Más, en el blog de José María Cumbreño, aquí.

16 de mayo de 2011

Railowsky


El salto se refleja en ese charco.
Repetir no es nombrar –y nombrar
es que algo acontezca- pero ocurre
-a veces ocurre, sí, que el simulacro
de la vida guarda algún parecido
con la vida- que el salto
                                          en
                                              el
                                                 poema
se parece a ese salto
que en el charco repite el otro salto
del muchacho que imita -sin saberlo-
el salto suspendido que en un cartel de circo
es el ajeno origen de tanto equilibrismo.



Tras la estación de San Lázaro, Henri Cartier-Bresson

[Nota: en realidad, el cartel ni pertenece a un circo ni en él pone Railowsky. Anuncia un concierto del pianista Alexander Brailowsky, famoso por sus interpretaciones de Chopin.]

8 de mayo de 2011

Agosto: Condado de Osage, de Tracy Letts

Hace unos meses mi amigo Víctor Balcells me comentó algo sobre una obra de teatro que había visto, en catalán, en Barcelona. No estaba en español, así que me compré el libreto original en inglés. August: Osage County. Premio Pulitzer y premio Tony de 2008. Un padre desaparecido, una casa en Oklahoma donde se reune el resto de la familia. Alcohol, pastillas, literatura. Secretos y mentiras. Crueldad y ternura familiar.

El prólogo empieza con este monólogo del posteriormente desaparecido padre, Beverly Weston:


Sobre Robert Duncan

Leo la estupenda antología de Robert Duncan que Marta López-Luaces ha preparado para Bartleby (Tensar el arco y otros poemas, Antología poética 1939-1987).
Labor tremenda de traducción, nada sencilla, resuelta con nota. Alguna errata aquí allá y algún despiste.

Como ejercicio, traduzco un poema, que dejo aquí como invitación para acercarse al libro, muy beat, muy Sanfrancisco, muy W.C.W. 


UN POEMA EN ESTIRAMIENTO
  
    profetizando. Leyendo el agua o las palabras, los signos son cartas en sus múltiples yuxtaposiciones. En donde leemos. No está realmente ahí. No es nada. Una lámina de alterada arena. Un paisaje de sonidos, graznidos, suspiros, un suspiro. Un sencillo estiramiento del tiempo en el que los árboles no son verdes pero titubean. Un signo. Los fáciles árboles, casas, castillos muy lejanos, un foso, una autopista con corrientes de coches, una alta red de cables. No es nada. Cables u ojos bizcos dando paso a la visión en la deformación de la visión. No está ahí. Está en el aire. El rumor. ¿Llega a nuestros oídos?

5 de mayo de 2011

Epílogo, de Robert Lowell


Posiblemente uno de los poemas más conocidos de Robert Lowell, publicado el mismo año de su muerte (1977); últimamente las referencias a Vermeer me persiguen.

EPÍLOGO

Esas benditas estructuras, trama y rima—
¿por qué no son de ayuda alguna ahora
que quiero trabajar
desde la imaginación, y no desde el recuerdo?
Escucho el sonido de mi propia voz:
La vista del pintor no es una lente,
tiembla para acariciar la luz.
Pero a veces todo lo que escribo
con el raído arte de mis ojos
parece una instantánea,
escabrosa, apresurada, chillona, recargada,
más intensa que la vida,
pero paralizada por la realidad.
Toda una unión mal avenida.
¿Pero por qué no decir qué sucedió?
Reza por la gracia de la precisión
que Vermeer concedió a la iluminación del sol
avanzando como la marea sobre un mapa
hasta esta muchacha, toda anhelo.
Somos pobres realidades pasajeras,
advertidos por ello a que otorguemos
a cada figura de la fotografía
su verdadero nombre.


4 de mayo de 2011

Wallace Stevens de viaje


Andrés Catalán


Siempre que hay que caracterizar al poeta americano Wallace Stevens (Reading, Pennsylvania, 1879 – Hartford, 1955) se alude a su supuesta doble vida de ejecutivo en una compañía de seguros y de poeta, y a su desdén por los datos biográficos cuando se le preguntaba por ellos. Es archiconocida la respuesta que en 1922 envió al director de The Dial, Gilbert Seldes, cuando este le pidió una nota biográfica que acompañara a un grupo de poemas que iba a publicar: “Evíteme, por favor, la nota biográfica. Soy abogado y vivo en Hartford. Pero ninguno de estos hechos es divertido o revelador.” Su trabajo como hombre de negocios le permitió disfrutar de una vida de alta burguesía, al menos una vez que se estableció en el mundo de las compañías de seguros. No lo tuvo claro desde siempre: en 1901, mientras trabaja para el New York Tribune como reportero, llega a proponerle a su padre abandonar el periódico y dedicarse solamente a escribir. Pero este le aconseja dedicarse a las leyes: el joven Stevens le hace caso, y entra ese mismo otoño en la New York Law School. Al año siguiente, llegará a tomar la resolución de dejar la bebida y “escribir algo cada noche, sea una sola línea o una página entera”. Sin embargo, aunque no abandonará las lecturas y el interés por la poesía de los demás, optará los años siguientes por afianzar su carrera, primero en algunos bufetes de abogados, y después en el negocio de los seguros, y no escribirá gran cosa durante un largo periodo.

3 de mayo de 2011

El mismo frío, de Stephen Dunn

En Minnesota el frío de verdad llegaba
como ningún otro frío que hubiera experimentado previamente,
una descarada honestidad en él, una claridad
que siempre me tomaba por sorpresa.
En las noches de ventisca con las líneas cortadas
o en el amanecer sin baterías
el frío nos hacía buenos vecinos de todos los demás,
nos volvía honestos porque quizás necesitaríamos
algo honesto de vuelta, ningún autoestopista
abandonado en la carretera, ni siquiera algún helado
desconocido con pinta de desconocido apartado
de tu puerta. Tras una temporada,
recuerdo, cero se convertía en algo cálido—
gente de paseo, las chaquetas abiertas,
los pescadores del hielo en la gloria
de sus chozas como en una canción nórdica.
El frío se apoderaba de nuestras vidas,
vivido en cada conversación, tan absorbente
como la porquería local o el deporte local.
Si te cogía, varado por ahí,
lo que una persona querría hacer
era acurrucarse en él y dormir.
Llegado Febrero, algunos de nosotros necesitábamos
gritar, hacernos daño, divorciarnos.
Una vez, en la Ruta 23, treinta bajo cero,
mi Maverick se gripó, y un hombre
con una manta y una chocolatina, un hombre
hecho para cualquier clima, se detuvo y me llevó a casa.
Para él, el salvador, no era gran cosa.
Solo dos hombres, dijo, en el mismo frío.

THE SAME COLD

In Minnesota the serious cold arrived
like no cold I'd previously experienced,

an in-your-face honesty to it, a clarity

that always took me by surprise.

On blizzardy nights with wires down

or in the dead-battery dawn

the cold made good neighbors of us all,

made us moral because we might need

something moral in return, no hitchhiker

left on the road, not even some frozen
strange-looking stranger turned away
from your door. After a spell of it,

I remember, zero would feel warm—

people out for walks, jackets open,

ice fishermen in the glory
of their shacks moved to Nordic song.

The cold took over our lives,

lived in every conversation, as compelling

as local dirt or local sport.
If bitten by it, stranded somewhere,

a person would want

to lie right down in it and sleep.

Come February, some of us needed
to scream, hurt ourselves, divorce.

Once, on Route 23, thirty below,

my Maverick seized up, and a man

with a blanket and a candy bar, a man
for all weather, stopped and drove me home.

It was no big thing to him, the savior.

Just two men, he said, in the same cold.

(Stephen Dunn, Different Hours, 2000)
(Traducción Andrés Catalán)




2 de mayo de 2011

Vistas de Delft

Aunque estoy de acuerdo con Philip Levine en que Vermeer no nos necesita, en que no es necesario completar nada y en que quizá el verdadero poema no sea el cuadro en sí, sino los vecindarios, la gente real a las afueras del museo donde se encuentra el cuadro 1 ... aunque estoy de acuerdo, estos dos poemas. El primero, de ese maravilloso libro que es La pared amarilla de Carlos Pujol. El segundo, algo mucho más menesteroso.

 __

Cansa ver la ciudad, esas fachadas
de colores ingenuos, los canales,
todo visto mil veces día a día,
repitiendo el engaño
del tiempo que se va.
La puerta de Schiedam y su reloj,
y la puerta de Rotterdam
con sus torres gemelas,
la vida amurallada que protege
en vano de pretextos tentadores.
Hay una alegoría en esta imagen
de quietud que se mira en un espejo
que finge no existir.

(Carlos Pujol, La pared amarilla, Pre-Textos, 2002)


No la que tiende mansa su lomo a mediodía,
no ese preciso azul ni el amarillo
de la pared que Marcel Proust amaba,
sino la que coloca
en la ventana el ruido de los carros,
de los remos que se hunden en el agua,
la voz del mercader que anuncia sus ungüentos,
mientras vierte —cuidadosa—la leche
la muchacha.

(Andrés Catalán, "Vista de Delft", en Composiciones de lugar, Universidad Popular José Hierro, 2010)

Vermeer, Vista de Delft, c. 1660-1661


(Nota 1. A conversation with Philip Levine, Ploughshares, 10:4, 1984, p.13)

29 de abril de 2011

Philip Levine, sobre los movimientos poéticos y los malos poetas

_
"Desde el mismo momento en que empecé a escribir he notado que ciertos movimientos existen principalmente para ayudar a la gente sin talento a escribir cosas que puedan hacer pasar por poesía. Si no sabes contar una historia decente, denuncia los poemas que cuentan historias. Si no sabes crear personajes, denuncia los poemas con gente en ellos. Si no sabes crear imágenes, escribe aburridas generalidades. Si no tienes sentido de la forma, imita lo amorfo del mar. Si no tienes oído, menosprecia la música. Si todo lo que escribes es feo y sin sentido, recuerda a tus lectores que el mundo es feo y sin sentido. Los malos poetas son increíblemente ingeniosos."

(Philip Levine, en una entrevista en el Tri-Quaterly, invierno de 1995. La traducción es mía).


16 de abril de 2011

Hans Magnus Enzensberger

Releo a Enzensberger. Últimamente leo más Wittgenstein que Bolaño. Cosas de la primavera.

**

O SEA

La gata se llama Kika
La nebulosa de La Lechuza en la Osa mayor se llama M 97
El gerente se llama Böckelmann
El dios se llama Visnú
La silla se llama silla

Cuando oye la palabra Kika
la gata dobla la cabeza
Para la nebulosa de La Lechuza en la Osa mayor
llamarse no es nada
Siempre que él quiere decir Böckelmann
dice Böckelmann Yo
La silla está ahí tiesa
y Visnú no dice nada


(De Pura Música, traducción de José Luis Reina Palazón, Visor, 1993)